Hombres de agua (Máquina de escribir)

"Máquina de escribir" de Héctor Iván González. Publicación semanal de Crítica, creación y reseñas.

lunes 21 de diciembre de 2009

Nosotros que nos queremos tanto, o el ágape de los poetas

I. A ultranza

Valorar, encasillar o tratar de denominar el libro que aquí se reseña es emprender una travesía que no llegará a buen puerto. De hecho, el primer yerro sería llamarlo reduccionistamente ‘antología’, entendiendo este término en el más convencional de los sentidos, como una colección de piezas escogidas. Pues la palabra ‘antología’, tal como lo señala Pellegrini en su proemio, puede arrastrar consigo misma polémicas y discusiones rijosas que nunca han tenido trascendencia alguna. No hay mayor acto de ingenuidad que replicar las decisiones de un antologador. (No en balde cita aquel capítulo desafortunado en torno a Laurel, 1941, el cual terminó con Neruda y Paz jaloneándose sendas camisas.) De tal suerte que nuestra mirada debe dirigirse a otro género y a otra intención literaria.

Me atrevería a decir que se trata de una fiesta entre pares, un ágape poético, donde los convidados están divididos en dos conjuntos: poetas en ejercicio y poetas en reposo, ninguno por encima del otro, al contrario: nunca más iguales ni mejor acoplados. En el primero están los poetas mexicanos –no forzosamente regidos por un mismo criterio poético, ni formando parte de una misma generación; en el segundo (o simultáneo), están los poetas –de varias nacionalidades– que actúan el rol de presentador, hermeneuta o transfigurador. El juego funciona de la siguiente manera: los primeros presentan sus poemas, y los segundos los prolo(n)gan con bastante ingenio –como en una lámpara proustiana o a modo de un tahúr que revuelve la baraja–, citándolos, cambiando el orden de los versos o insertándolos en un discurso filosófico, a algunos se los anuncia augurándoles una carrera exitosa, y también están los que se limitan a presentarlos lacónicamente. En el mejor de los casos, es un espectáculo parecido al que ocasionan dos ráfagas de viento en una tormenta, que al estrellarse compulsivamente relampaguean. ¿Es que esto tiene que ver con las funciones pedagógicas o historiográficas de un florilegio que pone etiquetas o esquelas al arte, malogrando así su estado inflamable? La respuesta, a ojos vista, es un ‘no’ a ultranza.

II. Poesía-Poesía

Pero hay que hablar de más antiguo. Debido a su modulación, la poesía ha compartido espacios con la música; gracias a su intensidad cromática ha compartido páginas, lienzos y texturas con la pintura; por su presencia vibrante, en el cine, ha sido –no sólo de manera ancilar– el vehículo de imágenes imperceptibles a la cámara (pienso en los versos de Arseni Tarkovsky, en el film El espejo, de Andrei Tarkovsky). Podemos decir que hasta la caricatura cáustica ha convivido con la poesía satírica, cuya figura emblemática sería la obra 1846. Le Salon caricatural. Critique en vers et contre Tous, con grabados de Raimon Pelez, de Charles Baudelaire. Es un hecho que la poesía siempre había sido una buena vecina de las demás bellas artes, paradójicamente, sólo frente a sí misma se comportaba de manera más que hostil. Sería hasta que el surrealismo acuñara el célebre cadavre-exquis, y que alcanzara sus mejores dechados con Prévert, Éluard, Breton y Desnos, que la poesía dejara de reñir frente a sí misma. Nosotros que nos queremos tanto tiene un aire de familia con aquella experimentación que alentaba una revolución convulsiva en el arte.

El ejercicio que arraiga y propone este libro (libre) busca la conciliación de vertientes en una solución que sintetice e introduzca dos fenómenos que se urden entre sí. Poeta en ejercicio, por dar un ejemplo, Lumbreras, y poeta en reposo Jiménez, son el binomio que puede arraigar más de un diálogo al considerar estos poemas inéditos como un pie de cría para generar todo un viñedo-poesía “ampliadora de la experiencia, por ende, meditación en las palabras”. De tal suerte que, como en el juego del tenis, en la forma de que uno envíe la pelota al otro lado de la cancha ya hay mucho de cómo será devuelta. Con lo cual se concreta parte de las nobles funciones de la poesía: el impedir que después de un poema las cosas se sigan percibiendo de la misma manera. Esto sucede en el caso de Ernestro Lumbreras, poeta más que reconocido y seguido por su íntima relación con las cadencias y resquebrajamientos de la palabra. O en el caso de Carrasco, comentando los poemas de Faesler, cuya prolo(n)gación evoca a Heidegger para definir un arte poético a partir del “ser original”: “la poeta hace del mundo orgánico un mundo mecánico para obliterar el alarde, para eliminar el pathos, para fundirse en el objeto”.

La línea de todo el libro busca colocar a los poetas en reposo en una suerte de paréntesis, donde ellos ven rasgos de identidad, rasgos que puedan interesarles mediante el reflejo, o ciertas afinidades. Tal y como lo hace Víctor López en “Palabras irreversibles & Azar”, donde se comenta la poesía de Ríos a partir del novelista francés Pascal Quignard.

En realidad, Nosotros… cumple varios empeños, uno de estos sería mostrar la poesía moderna que se hace en México y dar fe de que estos artistas están configurando un tapiz donde hay numerosos puntos de fuga. Que su independencia les ha dado la oportunidad de dar con hallazgos bastante significativos, entre los cuales podría citar una de las prefiguraciones que tuvo nuestro José Gorostiza, quien veía como algo imperante quebrar con las facilidades en la poesía a partir de la creación de ambientes poéticos: “el escenario que el gusto del momento considera necesario”. Es evidente que en la poesía de Castillo, Caballero, Ortuño o Herbert la poesía brota en los lugares más inusitados, anodinos o inhóspitos. Al mismo tiempo que satisfacen de belleza, ya no a la corte, sino al “Prisionero de un cuarto, ahito de silencio y hambriento de comunicación” cuyo “jardín está en las flores desteñidas de la alfombra, sus pájaros en la garganta del receptor de radio, su primavera en las aspas del abanico eléctrico, su amor en el llanto de la mujer que zurce su ropa en un rincón”. Por lo cual no es gratuito que Amirthanayagam señale que la poesía de Sánchez, igual que la de los demás autores, según el que escribe, logra ser “una corriente fresca e ingeniosa al trascender a Octavio Paz y otros gigantes que ahí se formaron para celebrar las influencias de la lacónica tradición inglesa y la épica al estilo de Whitman”.

El cambio de tonos, el uso de notas a pie de página, el juego con la caja tipográfica (véase Cabrera), la inclusión de anglicismos, dinámicas poundemoniacas (Herbert), el tratamiento de lo kitsch y del sensasionalismo como elementos de un mundo (Nepote), en busca de una transfiguración poética, el desarrollo plástico de los poemas (a decir de Gorostiza) son otros tantos hallazgos que han hecho los poetas que aceptaron este experimento tan abigarrado como valioso. Es una lástima no poder hablar de cada binomio, por lo cual me limito a tocar algunos casos, creo que parte de lo valioso de Nosotros… es esta serie de vertientes que se va abriendo paso entre la maleza para diseminarse en algo que llamaron los editores: “Poesía Contemporánea de México”, y que cada quien tiene que ver por sí mismo.

Nosotros que nos queremos tanto. Poesía contemporánea de México, Varios autores, El billar de Lucrecia-CNCA-Secretaría de cultura del estado de Colima, México, 2008.

jueves 12 de noviembre de 2009

Jornadas de cine

Debido a la imperiosa necesidad de estar cerca del cine, sentirlo, olerlo, vivirlo, cada noche trato de refugiarme en mi cuarto, cerrando la puerta –intentando sin éxito sofocar el ruido de la sala de mi casa– y quedando a oscuras, me coloco frente a la computadora y pongo una película. Realmente es una necesidad, más que una obsesión, pues a éstas les huyo obsesivamente, donde trato de comprender el mundo desde otras posturas y, lo que es más rico, otras nacionalidades, otros idiomas. Así hago las noches que los trayectos a la UNAM me dejan tan agotado que pensar en abrir un libro o levantar la pluma me causa escozor. El cine es más amable con uno, sólo tienes que estar ahí, frente a él. No te pide nada más que tu presencia, tu atención, tu silencio y, si se la puedes dar, tu penumbra. Ayer precisamente tuve una jornada bastante interesante. No quiero marcar una pauta, no diré nombres de directores, actores ni carreras con sus antecedentes, por algo en especial: esto no es una reseña cinematográfica. Sólo quiero esbozar algunos comentarios de lo que vi.
En primer lugar se trató de una película sobre la relación de la escritora George Sand con Frédérique Chopin, pianista polaco que, huyendo del déspota Constantino, llegó a Francia para hacerse famoso. La película es hablada en inglés, con una acento bastante marcado, cosa que no critico, sino que agradezco porque se puede seguir sin la necesidad de apoyarse en los subtítulos de los espeleólogos del inglés americano. El título es traducido como “Chopin, un amor imposible” que más bien hace gala de una cursilería bastante chata. De hecho, cada vez que leo el título en la tapa del dvd me dan ganas de hacer: “AAAyyy, qué triste”. El título original es: “Chopin: desire for love”; que me parece más original. ¿Por qué será que las traducen tan mal, de hecho, es como si tuvieran por consigna hacer del Amor algo ridículo y no algo amoroso. En manos de los traductores hasta la relación de Rimbaud con Verlaine suena cursi: “Eclipse en el corazón”, que originalmente era un: “Total eclipse”.
La historia empieza cuando Chopin (Piotr Adamczyk) padece los remordimientos por apoyar y divertir a un déspota como lo era Constantino de Polonia. Así que, por una crisis de conciencia política (?) se va a París para obtener reconocimiento de una manera más honrosa y alejarse de una vez por todas del servicio a los ricos. Ahí, gracias a la familia Rotschild, según entendí, entra en contacto con un melenudísimo Franz Liszt quien le ayuda interpretando sus extrañas piezas, las cuales constan de –según el gusto de le época– “puras escaleras que suben y bajan sin ningún sentido”. Así que, más allá del Liszt desenfadado, tipo Bunburi en los 80´s, Chopin logra ganarse el respeto de la sociedad parisina por sus propios méritos, de la cual forma parte la escritora George Sand. Al encontrarlo, la novelista, quien recibe una ayudadita por parte de la bellísima actriz que la interpreta (Danuta Stenka), decide enamorarlo. Sin embargo, Chopin está esperando respuesta de la familia de su novia para casarse; no le interesa Sand y ni siquiera siente una atracción especial para ser conquistado. Más adelante, la historia logra momentos bastante emotivos. El director, Jerzy Antczac, logra transmitir muy bien esa sensación de reminiscencia que tiene que ver con el paso del tiempo. También tiene varios aciertos al ir dejando hilos sueltos en la madeja de la historia. Al inicio del filme entera al público que Chopin no come del pollo salvo la pechuga, lo cual parece ser un dato absurdo hasta que, varios años después, es la gota que derrama el vaso de su paciencia. Hay algunos otros de estos datos, pero no les arruinaré su película. Realmente es un logro en el desarrollo de la historia, sin embargo, no sé si está bien captado el asunto de que Chopin haya sido un Adonis o si realmente fue así, en las fotos que he visto de él, más bien lo encuentro feíto. En esta versión, resulta una suerte de Farinelli, juzguen ustedes.
Después me puse a ver una obra maestra del gran Ingmar Bergman: “Secretos de un matrimonio”, (Scenes from a marriage) –¿no les digo? Este es un filme realmente logrado, clásico por antonomasia del teatro-cine concentrado, intenso, elocuente pero no pretencioso del país escandinavo. Aparece la gran Liv Ullman (Marianne) en una de sus mejores actuaciones: hay un momento donde esta mujer de complexión menuda y mirada de niña buena, se vuelve un dragón intenso y elocuente; o en otras es una femme fatale, sumamente sexy. Además está el enorme actor Erland Josephson, quien es el esposo pagado de sí mismo de Marianne, Johan. Por cuestiones cronológicas, las primeras veces que vi a Josephson fue en las películas de Tarkovsky (Nostalgia y El sacrificio), ya que Bergman había ayudado a Andrei cuando el stalinismo lo quería sofocar. De tal suerte que mi imagen de Josephson había sido la de un hombre maduro, como se dice en la lengua de todos los días, un viejo, serio, genial, sensible, erudito. Y en esta ocasión lo encuentro joven, vigoroso y dentro de una dinámica donde sólo sigue sus propios intereses. Johan es un personajes que no me agrada por que en él veo a la gran mayoría de clasemedieros miopes y poco sensibles a todo lo que no sea su vida de consumo. No se cómo lo logra, pero Josephson encarna muy bien un personaje del cual yo lo sentía profundamente ajeno. La historia, tal como en el título original, se desarrolla en medio de varias escenas de este matrimonio que pasa por numerosas etapas donde están presentes los elementos reales de una vida en pareja: el dinero, los amigos, la familia, los hijos, la responsabilidad, el sexo, los acuerdos tácitos, los celos, el desinterés y –cómo olvidarla– la monotonía. Anteriormente dije que era una obra de teatro-cine y lo sostengo: hay la mínima cantidad de personajes, pocos desplazamientos o acciones, todo se resuelve en miradas, gestos, modulaciones de las frases que las hacen irónicas o directas. Cómo olvidar aquella frase de Johan: “No, mamá, Marianne y yo estamos bien; sí, estamos contentos hasta el éxtasis” o esta otra dicha por Marianne: “Vernos ahora que no están nuestros esposos... parecería hasta obsceno”. Mi escena preferida tiene que ver con el autorretrato de Marianne, la secuencia es extraordinaria y las frases con que ella se define a sí misma son una joya; vale la pena que todas las mujeres las conozcan y sepan en cuánto podrían reflejarlas también a ellas.

viernes 23 de octubre de 2009

Homenaje a David Huerta en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

David Huerta, uno de los poetas más destacados de la poesía contemporánea, intelectual infatigable, amigo de los grupos intelectuales más disímiles y un hombre respetado por todos sus colegas, fue acogido ayer en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM. Al cumplir sus primeros sesenta años de vida, David regresó a su alma mater cobijado por una jornada de análisis de su obra. Fue bastante emotivo ver la manera en que un gran maestro reconocía que no fue un buen alumno en esa Facultad y, al contrario de lo que uno puede esperar, mostrar humildad al respecto. También lo fue ver la manera en que todo giraba en torno a la poesía, la historia, la filosofía y la memoria. David tiene una de las memorias más vastas y una sensibilidad para reconocer la poesía que merece la más grande admiración.
Para festejarlo asistieron críticos como Christopher Domínguez, escritores como Federico Campbell y otros analistas. También fueron los poetas Coral Bracho, Alicia García Bergua, Eduardo Hurtado y Josu Landa, quien fue el organizador principal de la jornada.
David, como siempre, estuvo lleno de bonhomía, atento a los comentarios (se echó toda la jornada, aún estando sin comer), participó de manera silenciosa a cada una de las mesas, asimilándolo todo como el gran artista que es. Al ver llegar a alguien de sus amigos, corría hacia él, le extendía la mano y le daba un abrazo; llamó a todos por su nombre, como quien lo espera a uno desde hace un buen rato. Nada que ver con el típico homenajeado que espera que llegues con él para darle el besamano. Su humildad es para destacarse, estaba feliz y quería que todos lo estuviéramos.
Al final de una jornada que se constituyó con mesas, como ya dije, que analizaron su obra, otras de lectura de jóvenes poetas y una de autores consagrados, David tuvo un diálogo con Marcelo Uribe, editor de Era, y leyó un discurso entrañabilísimo. En éste recordó, de soslayo, que en un 22 de octubre había fallecido su señora madre, lo cual colmó de emotividad el Auditorio Principal de nuestra Facultad. Después habló del agradecimiento a los amigos, a la UACM, donde imparte Cátedra, y del agradecimiento a la UNAM por recibirlo como a un hijo pródigo. Finalmente, al clausurar las jornadas, la Coordinadora del Colegio de Letras Hispánicas, le reiteró que están muy interesados en que David Huerta, el Maestro, forme parte del Claustro de ese Colegio. Creo que esto era algo que muchos esperábamos. Que tuviera un final más que sustancioso toda la jornada. Personalmente he tenido la oportunidad de tomar cursos con David y puedo decir que son del más alto rigor intelectual. Por lo cual, el hecho de que regrese a su Facultad como maestro es un acto de justicia inmenso y afortunado.
Va un abrazo fortísimo para el gran poeta que es David Huerta.