Hombres de agua (Máquina de escribir)

"Máquina de escribir" de Héctor Iván González. Publicación semanal de Crítica, creación y reseñas.

jueves 12 de noviembre de 2009

Jornadas de cine

Debido a la imperiosa necesidad de estar cerca del cine, sentirlo, olerlo, vivirlo, cada noche trato de refugiarme en mi cuarto, cerrando la puerta –intentando sin éxito sofocar el ruido de la sala de mi casa– y quedando a oscuras, me coloco frente a la computadora y pongo una película. Realmente es una necesidad, más que una obsesión, pues a éstas les huyo obsesivamente, donde trato de comprender el mundo desde otras posturas y, lo que es más rico, otras nacionalidades, otros idiomas. Así hago las noches que los trayectos a la UNAM me dejan tan agotado que pensar en abrir un libro o levantar la pluma me causa escozor. El cine es más amable con uno, sólo tienes que estar ahí, frente a él. No te pide nada más que tu presencia, tu atención, tu silencio y, si se la puedes dar, tu penumbra. Ayer precisamente tuve una jornada bastante interesante. No quiero marcar una pauta, no diré nombres de directores, actores ni carreras con sus antecedentes, por algo en especial: esto no es una reseña cinematográfica. Sólo quiero esbozar algunos comentarios de lo que vi.
En primer lugar se trató de una película sobre la relación de la escritora George Sand con Frédérique Chopin, pianista polaco que, huyendo del déspota Constantino, llegó a Francia para hacerse famoso. La película es hablada en inglés, con una acento bastante marcado, cosa que no critico, sino que agradezco porque se puede seguir sin la necesidad de apoyarse en los subtítulos de los espeleólogos del inglés americano. El título es traducido como “Chopin, un amor imposible” que más bien hace gala de una cursilería bastante chata. De hecho, cada vez que leo el título en la tapa del dvd me dan ganas de hacer: “AAAyyy, qué triste”. El título original es: “Chopin: desire for love”; que me parece más original. ¿Por qué será que las traducen tan mal, de hecho, es como si tuvieran por consigna hacer del Amor algo ridículo y no algo amoroso. En manos de los traductores hasta la relación de Rimbaud con Verlaine suena cursi: “Eclipse en el corazón”, que originalmente era un: “Total eclipse”.
La historia empieza cuando Chopin (Piotr Adamczyk) padece los remordimientos por apoyar y divertir a un déspota como lo era Constantino de Polonia. Así que, por una crisis de conciencia política (?) se va a París para obtener reconocimiento de una manera más honrosa y alejarse de una vez por todas del servicio a los ricos. Ahí, gracias a la familia Rotschild, según entendí, entra en contacto con un melenudísimo Franz Liszt quien le ayuda interpretando sus extrañas piezas, las cuales constan de –según el gusto de le época– “puras escaleras que suben y bajan sin ningún sentido”. Así que, más allá del Liszt desenfadado, tipo Bunburi en los 80´s, Chopin logra ganarse el respeto de la sociedad parisina por sus propios méritos, de la cual forma parte la escritora George Sand. Al encontrarlo, la novelista, quien recibe una ayudadita por parte de la bellísima actriz que la interpreta (Danuta Stenka), decide enamorarlo. Sin embargo, Chopin está esperando respuesta de la familia de su novia para casarse; no le interesa Sand y ni siquiera siente una atracción especial para ser conquistado. Más adelante, la historia logra momentos bastante emotivos. El director, Jerzy Antczac, logra transmitir muy bien esa sensación de reminiscencia que tiene que ver con el paso del tiempo. También tiene varios aciertos al ir dejando hilos sueltos en la madeja de la historia. Al inicio del filme entera al público que Chopin no come del pollo salvo la pechuga, lo cual parece ser un dato absurdo hasta que, varios años después, es la gota que derrama el vaso de su paciencia. Hay algunos otros de estos datos, pero no les arruinaré su película. Realmente es un logro en el desarrollo de la historia, sin embargo, no sé si está bien captado el asunto de que Chopin haya sido un Adonis o si realmente fue así, en las fotos que he visto de él, más bien lo encuentro feíto. En esta versión, resulta una suerte de Farinelli, juzguen ustedes.
Después me puse a ver una obra maestra del gran Ingmar Bergman: “Secretos de un matrimonio”, (Scenes from a marriage) –¿no les digo? Este es un filme realmente logrado, clásico por antonomasia del teatro-cine concentrado, intenso, elocuente pero no pretencioso del país escandinavo. Aparece la gran Liv Ullman (Marianne) en una de sus mejores actuaciones: hay un momento donde esta mujer de complexión menuda y mirada de niña buena, se vuelve un dragón intenso y elocuente; o en otras es una femme fatale, sumamente sexy. Además está el enorme actor Erland Josephson, quien es el esposo pagado de sí mismo de Marianne, Johan. Por cuestiones cronológicas, las primeras veces que vi a Josephson fue en las películas de Tarkovsky (Nostalgia y El sacrificio), ya que Bergman había ayudado a Andrei cuando el stalinismo lo quería sofocar. De tal suerte que mi imagen de Josephson había sido la de un hombre maduro, como se dice en la lengua de todos los días, un viejo, serio, genial, sensible, erudito. Y en esta ocasión lo encuentro joven, vigoroso y dentro de una dinámica donde sólo sigue sus propios intereses. Johan es un personajes que no me agrada por que en él veo a la gran mayoría de clasemedieros miopes y poco sensibles a todo lo que no sea su vida de consumo. No se cómo lo logra, pero Josephson encarna muy bien un personaje del cual yo lo sentía profundamente ajeno. La historia, tal como en el título original, se desarrolla en medio de varias escenas de este matrimonio que pasa por numerosas etapas donde están presentes los elementos reales de una vida en pareja: el dinero, los amigos, la familia, los hijos, la responsabilidad, el sexo, los acuerdos tácitos, los celos, el desinterés y –cómo olvidarla– la monotonía. Anteriormente dije que era una obra de teatro-cine y lo sostengo: hay la mínima cantidad de personajes, pocos desplazamientos o acciones, todo se resuelve en miradas, gestos, modulaciones de las frases que las hacen irónicas o directas. Cómo olvidar aquella frase de Johan: “No, mamá, Marianne y yo estamos bien; sí, estamos contentos hasta el éxtasis” o esta otra dicha por Marianne: “Vernos ahora que no están nuestros esposos... parecería hasta obsceno”. Mi escena preferida tiene que ver con el autorretrato de Marianne, la secuencia es extraordinaria y las frases con que ella se define a sí misma son una joya; vale la pena que todas las mujeres las conozcan y sepan en cuánto podrían reflejarlas también a ellas.

viernes 23 de octubre de 2009

Homenaje a David Huerta en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

David Huerta, uno de los poetas más destacados de la poesía contemporánea, intelectual infatigable, amigo de los grupos intelectuales más disímiles y un hombre respetado por todos sus colegas, fue acogido ayer en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM. Al cumplir sus primeros sesenta años de vida, David regresó a su alma mater cobijado por una jornada de análisis de su obra. Fue bastante emotivo ver la manera en que un gran maestro reconocía que no fue un buen alumno en esa Facultad y, al contrario de lo que uno puede esperar, mostrar humildad al respecto. También lo fue ver la manera en que todo giraba en torno a la poesía, la historia, la filosofía y la memoria. David tiene una de las memorias más vastas y una sensibilidad para reconocer la poesía que merece la más grande admiración.
Para festejarlo asistieron críticos como Christopher Domínguez, escritores como Federico Campbell y otros analistas. También fueron los poetas Coral Bracho, Alicia García Bergua, Eduardo Hurtado y Josu Landa, quien fue el organizador principal de la jornada.
David, como siempre, estuvo lleno de bonhomía, atento a los comentarios (se echó toda la jornada, aún estando sin comer), participó de manera silenciosa a cada una de las mesas, asimilándolo todo como el gran artista que es. Al ver llegar a alguien de sus amigos, corría hacia él, le extendía la mano y le daba un abrazo; llamó a todos por su nombre, como quien lo espera a uno desde hace un buen rato. Nada que ver con el típico homenajeado que espera que llegues con él para darle el besamano. Su humildad es para destacarse, estaba feliz y quería que todos lo estuviéramos.
Al final de una jornada que se constituyó con mesas, como ya dije, que analizaron su obra, otras de lectura de jóvenes poetas y una de autores consagrados, David tuvo un diálogo con Marcelo Uribe, editor de Era, y leyó un discurso entrañabilísimo. En éste recordó, de soslayo, que en un 22 de octubre había fallecido su señora madre, lo cual colmó de emotividad el Auditorio Principal de nuestra Facultad. Después habló del agradecimiento a los amigos, a la UACM, donde imparte Cátedra, y del agradecimiento a la UNAM por recibirlo como a un hijo pródigo. Finalmente, al clausurar las jornadas, la Coordinadora del Colegio de Letras Hispánicas, le reiteró que están muy interesados en que David Huerta, el Maestro, forme parte del Claustro de ese Colegio. Creo que esto era algo que muchos esperábamos. Que tuviera un final más que sustancioso toda la jornada. Personalmente he tenido la oportunidad de tomar cursos con David y puedo decir que son del más alto rigor intelectual. Por lo cual, el hecho de que regrese a su Facultad como maestro es un acto de justicia inmenso y afortunado.
Va un abrazo fortísimo para el gran poeta que es David Huerta.


lunes 19 de octubre de 2009

Contrapunto

Te despiertas con los estruendos de tus propios tosidos. El aire helado entra a través del cristal y, antes de que te des cuenta, una nueva sacudida te agita en la cama. Sudas pero tu cara está helada. Los tosidos continúan en ringleras, como una serie que te desgarra el pecho, llega a tu estómago, lo sacude y después regresa con una fuerza tan terrible que ni apretando los puños te logras controlar. Una vez más, el aire helado entra en tu cobertor, te mesa los cabellos, ahoga tu aliento y arranca otra cadena de asfixia que llega hasta una parte del cráneo. Sientes que uno de esos tosidos terminara por reventarte una vena. La misma que se manifiesta como un cuernillo cada vez que estornudas o toses. Piensas que es normal estar tan mal, el frío arde cuando lo respiras. Sin embargo, aún no te explicas lo de la garganta, ¿por qué toses tanto?, se sucede como si fuera la sirte de un volcán a punto de eruptar. En el interior de tu garganta hay ceniza congelada, polvo volcánico y una suerte de redes aguadas que se comprimen. Sientes que si estornudas con toda tu fuerza tendrá que parar, sin embargo no es así, porque aunque te empeñes, y tosas más fuerte, inyectes más energía al golpe, al poco rato regresan. Estás harto, no puedes moverte mucho. Es el día en que vas a morir y lo sabes. Al fin comprendes a todos aquellos que han sabido el día en que darán su último aliento a solas o acompañados. De hecho, sólo ruegas que llegue rápido, no que quieras que no pase, sino que con la muerte llegará el sosiego que tanto precisas. Escuchas que afuera, en la calle, hay el estrépito de los autos al pasar por la avenida. Sin embargo, todo se enmudece, se detiene cuando vuelves a toser: una, dos, tres, cuatro, cinco veces seguidas y no puedes parar. Lo sonidos se van y te quedas en silencio, como un náufrago que espera a que acabe la tormenta, pero la tormenta no pasa. Observas hacia el cielo raso y te das cuenta de que nunca habías visto con tal detenimiento hacia arriba. Es un cielo raso verdaderamente bonito, tal vez como el cielo raso de los mejores escritores del mundo. Y tú también tienes un cielo raso, como el de Coetzee, como el de Joyce y, cómo olvidarlo, parecido al de Franz Kafka. Es un cielo raso, tan blanco en su albura, en su imperfección tan bonita. Te preguntas qué será de él ahora que no estés. Ahora que... viene otra ringlera de tosidos, pero qué ganas de toser, carajo. Ya tienes adolorido el estómago de tensarlo tanto, te duele la garganta de tanto que la has estado expandiendo con estas series absurdas de tosidos. No tienes duda, de un momento a otro, serás sorprendido por el paro respiratorio, qué más da... Estás realmente cansado, adolorido y lleno de emanaciones atroces. Tu isla se ha vuelto un delirio y tu delirio una isla rodeada de mil follajes estridentes. Sabes que lo último que acaba de pasar por tu mente no significa nada. De hecho, estás en un letargo en el cual puedes pasar de un lado al otro de la razón. Podrías decir las cosas más estúpidas y las más geniales; que a final de cuentas, la diferencia sólo la hace el público que se disponga a escucharte. Sin embargo, pasan por tus mentes que también son inconexas aunque sí signifiquen algo. Mientras se te acorta el aire y empieza a ser patente que te falta un poco y un poco y un poco más... te das cuenta de que, por extraño que parezca, se materializa el rostro de ella. De la única. Quizá tiene más de veinte años que no sabes nada de ella, ni su paradero, su estado civil, su salud, con decir que no sabes si aún vive o ha sido una más de las víctimas de esta batalla que ya lleva quince años. Tal vez esté dentro de los primeros cuadros del gobierno impostor, cómo saberlo, la vida da tantas vueltas. Sin embargo, a pesar de que nunca te casaste con ella, ni formaste una familia, es ella la que aparece en el último momento, en que se te ahoga el aliento como si tú mismo lo hicieras. El ahogo es continuo y no sabes cómo ponerle fin. Es una cascada que se empieza a convertir en un chorro de sangre que sale de tu boca y mancha la almohada. Estás hecho añicos y ves cada uno de tus pasos detrás de ti. Ves tantas cosas importantes que te pasaron y te dejas llevar, ya no valoras nada. Ni a ella. Sólo quieres que este contrapunto entre la vida y la muerte acabe de una vez por todas. Estás rendido ante tu propio pasado y ni siquiera esperas el futuro. La ruina de ti mismo está en ti mismo como una luna que buscara su reflejo en un estanque que ella va arrastrando desde el mar. Dejas todo lo que hay y poco a poco ceden los goznes de un silencio como un almohadón que, lentamente, te despierta...