
I. A ultranza
Valorar, encasillar o tratar de denominar el libro que aquí se reseña es emprender una travesía que no llegará a buen puerto. De hecho, el primer yerro sería llamarlo reduccionistamente ‘antología’, entendiendo este término en el más convencional de los sentidos, como una colección de piezas escogidas. Pues la palabra ‘antología’, tal como lo señala Pellegrini en su proemio, puede arrastrar consigo misma polémicas y discusiones rijosas que nunca han tenido trascendencia alguna. No hay mayor acto de ingenuidad que replicar las decisiones de un antologador. (No en balde cita aquel capítulo desafortunado en torno a Laurel, 1941, el cual terminó con Neruda y Paz jaloneándose sendas camisas.) De tal suerte que nuestra mirada debe dirigirse a otro género y a otra intención literaria.
Me atrevería a decir que se trata de una fiesta entre pares, un ágape poético, donde los convidados están divididos en dos conjuntos: poetas en ejercicio y poetas en reposo, ninguno por encima del otro, al contrario: nunca más iguales ni mejor acoplados. En el primero están los poetas mexicanos –no forzosamente regidos por un mismo criterio poético, ni formando parte de una misma generación; en el segundo (o simultáneo), están los poetas –de varias nacionalidades– que actúan el rol de presentador, hermeneuta o transfigurador. El juego funciona de la siguiente manera: los primeros presentan sus poemas, y los segundos los prolo(n)gan con bastante ingenio –como en una lámpara proustiana o a modo de un tahúr que revuelve la baraja–, citándolos, cambiando el orden de los versos o insertándolos en un discurso filosófico, a algunos se los anuncia augurándoles una carrera exitosa, y también están los que se limitan a presentarlos lacónicamente. En el mejor de los casos, es un espectáculo parecido al que ocasionan dos ráfagas de viento en una tormenta, que al estrellarse compulsivamente relampaguean. ¿Es que esto tiene que ver con las funciones pedagógicas o historiográficas de un florilegio que pone etiquetas o esquelas al arte, malogrando así su estado inflamable? La respuesta, a ojos vista, es un ‘no’ a ultranza.
II. Poesía-Poesía
Pero hay que hablar de más antiguo. Debido a su modulación, la poesía ha compartido espacios con la música; gracias a su intensidad cromática ha compartido páginas, lienzos y texturas con la pintura; por su presencia vibrante, en el cine, ha sido –no sólo de manera ancilar– el vehículo de imágenes imperceptibles a la cámara (pienso en los versos de Arseni Tarkovsky, en el film El espejo, de Andrei Tarkovsky). Podemos decir que hasta la caricatura cáustica ha convivido con la poesía satírica, cuya figura emblemática sería la obra 1846. Le Salon caricatural. Critique en vers et contre Tous, con grabados de Raimon Pelez, de Charles Baudelaire. Es un hecho que la poesía siempre había sido una buena vecina de las demás bellas artes, paradójicamente, sólo frente a sí misma se comportaba de manera más que hostil. Sería hasta que el surrealismo acuñara el célebre cadavre-exquis, y que alcanzara sus mejores dechados con Prévert, Éluard, Breton y Desnos, que la poesía dejara de reñir frente a sí misma. Nosotros que nos queremos tanto tiene un aire de familia con aquella experimentación que alentaba una revolución convulsiva en el arte.
El ejercicio que arraiga y propone este libro (libre) busca la conciliación de vertientes en una solución que sintetice e introduzca dos fenómenos que se urden entre sí. Poeta en ejercicio, por dar un ejemplo, Lumbreras, y poeta en reposo Jiménez, son el binomio que puede arraigar más de un diálogo al considerar estos poemas inéditos como un pie de cría para generar todo un viñedo-poesía “ampliadora de la experiencia, por ende, meditación en las palabras”. De tal suerte que, como en el juego del tenis, en la forma de que uno envíe la pelota al otro lado de la cancha ya hay mucho de cómo será devuelta. Con lo cual se concreta parte de las nobles funciones de la poesía: el impedir que después de un poema las cosas se sigan percibiendo de la misma manera. Esto sucede en el caso de Ernestro Lumbreras, poeta más que reconocido y seguido por su íntima relación con las cadencias y resquebrajamientos de la palabra. O en el caso de Carrasco, comentando los poemas de Faesler, cuya prolo(n)gación evoca a Heidegger para definir un arte poético a partir del “ser original”: “la poeta hace del mundo orgánico un mundo mecánico para obliterar el alarde, para eliminar el pathos, para fundirse en el objeto”.
La línea de todo el libro busca colocar a los poetas en reposo en una suerte de paréntesis, donde ellos ven rasgos de identidad, rasgos que puedan interesarles mediante el reflejo, o ciertas afinidades. Tal y como lo hace Víctor López en “Palabras irreversibles & Azar”, donde se comenta la poesía de Ríos a partir del novelista francés Pascal Quignard.
En realidad, Nosotros… cumple varios empeños, uno de estos sería mostrar la poesía moderna que se hace en México y dar fe de que estos artistas están configurando un tapiz donde hay numerosos puntos de fuga. Que su independencia les ha dado la oportunidad de dar con hallazgos bastante significativos, entre los cuales podría citar una de las prefiguraciones que tuvo nuestro José Gorostiza, quien veía como algo imperante quebrar con las facilidades en la poesía a partir de la creación de ambientes poéticos: “el escenario que el gusto del momento considera necesario”. Es evidente que en la poesía de Castillo, Caballero, Ortuño o Herbert la poesía brota en los lugares más inusitados, anodinos o inhóspitos. Al mismo tiempo que satisfacen de belleza, ya no a la corte, sino al “Prisionero de un cuarto, ahito de silencio y hambriento de comunicación” cuyo “jardín está en las flores desteñidas de la alfombra, sus pájaros en la garganta del receptor de radio, su primavera en las aspas del abanico eléctrico, su amor en el llanto de la mujer que zurce su ropa en un rincón”. Por lo cual no es gratuito que Amirthanayagam señale que la poesía de Sánchez, igual que la de los demás autores, según el que escribe, logra ser “una corriente fresca e ingeniosa al trascender a Octavio Paz y otros gigantes que ahí se formaron para celebrar las influencias de la lacónica tradición inglesa y la épica al estilo de Whitman”.
El cambio de tonos, el uso de notas a pie de página, el juego con la caja tipográfica (véase Cabrera), la inclusión de anglicismos, dinámicas poundemoniacas (Herbert), el tratamiento de lo kitsch y del sensasionalismo como elementos de un mundo (Nepote), en busca de una transfiguración poética, el desarrollo plástico de los poemas (a decir de Gorostiza) son otros tantos hallazgos que han hecho los poetas que aceptaron este experimento tan abigarrado como valioso. Es una lástima no poder hablar de cada binomio, por lo cual me limito a tocar algunos casos, creo que parte de lo valioso de Nosotros… es esta serie de vertientes que se va abriendo paso entre la maleza para diseminarse en algo que llamaron los editores: “Poesía Contemporánea de México”, y que cada quien tiene que ver por sí mismo.
Nosotros que nos queremos tanto. Poesía contemporánea de México, Varios autores, El billar de Lucrecia-CNCA-Secretaría de cultura del estado de Colima, México, 2008.


